Lo más bonito que de mí se ha escrito
El fruto esta maduro, pero quiere coger solera y tener tiempo para hacer su propio nido; nido que se llenará de alegrías, de sufrimientos, de esperanzas, de ilusiones, de fantasías, de… tantas y tantas cosas que llenan una vida, vida que una vez fue todo mi mundo y disfruté viendo crecer, dar sus primeros pasitos, sus primeras palabras, sus risas, sus tristezas; esas, por nimiedades que para él eran un mundo y que para mamá solo era un paso más para su madurez. Y su lejanía, porque ya antes de nacer y de verlo crecer sabía, de hecho, que un día se iría y que para ese día tenía que prepararlo y saber que mi niño no era mío, sino del mundo; ya, desde antes de nacer. Y al nacer y al crecer, disfruté de cada día como nadie ha disfrutado de algo que sabe que fue un regalo, y que se le concedió solo por cierto tiempo. Porque luego, su disfrute y orgullo de buen hijo sería en la distancia. Y me dio tiempo a pensar que todo llega y que cuando uno se va, primero vuelven dos y, con el tiempo, vuelven tres.
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